Bajo La Jolly Roger - A La Deriva

Author: Las Tres Moiras / Etiquetas: , ,

El fulgor de un relámpago cegó su vista, y la espuma del inmenso oleaje empapó sus negros y rizados cabellos, que ondeaban al viento como los velámenes de la carabela, que surcaba la tempestad en medio de un océano enfurecido. El viento ensordecía sus oídos, su bramido cubría el ajetreo de la tripulación sobre la cubierta preparando los cañones y protegiendo la preciada pólvora del agua y del violento vaivén del navío. Sus brazos, gráciles pero fuertes, sostenían con firmeza el timón, procurando guiar al monstruo marino a través de la ira de los dioses del mar, surcando los titanes de agua que, una y otra vez, golpeaban furiosas el casco de madera, intentando enterrar a la "Sturmtochter" en una tumba submarina. El Mediterráneo estaba iracundo, y pagaba su enfado con los locos mortales que osaban enfrentársele. El mar jamás perdonaba a los pecadores, y la capitana Sonnenschein tenía demasiados por expiar. Años de saqueos y piratería le habían labrado una sanguinaria fama de cruel y despiadada. Su tripulación, se rumoreaba, eran demonios surgidos del infierno, y su navío la representación material de Leviatán, demoníaco señor del mar, por lo que ver aparecer a "La Hija de la Tormenta" en el horizonte ya causaba más temor que sus baterías de cañones. El mar había quedado en multitud de ocasiones teñido con la sangre de los inocentes, y ahora exigía se le retribuyera.

Pero a la capitana todo eso le importaba bien poco. Tan sólo ansiaba descargar su ira contra su objetivo, por el que estaba desafiando al mar, a los dioses, y a su propia tripulación. No por el botín, no por la gloria, no por apaciguar a sus subalternos, que ya susurraban el motín entre ellos. No. Todo eso no le importaba. Era el olor de la pólvora, los gritos de pavor, el color carmesí de la sangre en su espada... La batalla... Eso quería en ese momento. Los hombres podían quedárselo todo, ella le bastaba poder olvidar. Que su cuerpo sucumbiera a la adrenalina para poder olvidar por unos instantes el pasado. Poder dormir del tirón sin esas pesadillas por el cansancio. Vivir... O morir y descansar finalmente de aquello que ya pocos llamarían vida, pero a lo que se aferraba con fuerza. Su voz se elevó en medio del pandemonium, primero como un ligero susurro, pero luego cogió fuerza y sobrepasó todo jaleo.

- ¡¡Herr Ivan!! ¿¿¡¡Logra ver nuestra presa!!??-

- ¡¡Sííííí capitana!! ¡¡Nos acercamos hacia el mercante de frente!! ¡¡Pronto le daremos alcance!!-

- ¡¡In Ordnung!! ¡¡PREPAREN LOS CAÑONES!! ¡¡ALZAD LA BANDERA DE ADVERTENCIA!! ¡¡Que sepan que la muerte les ha llegado... !!-

Un grito seco y ahogado de la tripulación mostró el asentimiento. Tal como la mujer indicó, una bandera roja se enarboló en el mástil más elevado del navío, mostrando las intenciones de la "Sturmtochter". Ivan miró por su catalejo. El navío no se rendía, no daba muestras de desistir en su avance... Estaba virando. Para sorpresa del vigía, lejos de amilanarse, el barco de bandera genovesa, estaba encarándose al enemigo, dejando atónitos a los aguerridos piratas. La bandera que portaba cesó de ondear, y alzaron la bandera del almirantazgo genovés. No era un mercante italiano con destino en Barcelona, como se les había dicho. Era un barco de guerra de la flota de Génova, e iba a presentar batalla contra ellos. Ese día, el océano se volvería a manchar con la sangre de los hombres, pero esta vez se vería si las negras aguas del Mediterráneo se teñirían con el rojo de los inocentes, o lavarían los oscuros pecados de la capitana.

La noche se iluminó con el fulgor de los cañonazos, que se abatían sobre el oleaje, cayendo cada vez más cerca de su presa. La Sturmtochter viró para poder abrir fuego sobre la nave genovesa, que crepitó al martilleo del fuego hostil. Las dos naves cortaban las negras aguas procurando no ser alcanzadas por los proyectiles que emanaban de cada una. Ambas naves, empatadas, iban desmoronándose por momentos causa de la tormenta de fuego y agua que las azotaba con fuerza, hasta que la Sturmtochter viró en seco e impactó con el lateral de babor a la fragata genovesa, que pareció gritar cuando la madera crujió ante el violento impacto.

- ¡¡PREPARAOS PARA EL ABORDAJE!! ¡¡TODOS A SUS PUESTOS!!-

Los hombres de Sonnenschein se prepararon y comenzaron a coger los sendos cabos que la nave tenía sueltos para abordar a los navíos enemigos, pero para su sorpresa, el enemigo se había adelantado, y ya estaba cargando contra la nave. Por decenas, los soldados genoveses estaban asaltando la nave pirata, con sus armas preparadas. Varios arcabuceros se habían apostado ya y cargaban sus armas para sesgar la vida de los desconcertados piratas. Otros tantos caían al agua por la incesante tormenta, o presa de los disparos que algunos de los hombres de la "Sturmtochter", que al fin reaccionaban, habían comenzado a hacer. El fogonazo de los disparos genoveses hizo caer a muchos, pero presas de una gran rabia, los piratas saltaron a la carrera sobre sus enemigos sable en mano.

Caían y caían, de ambos bandos, sin importad edad, destreza o agilidad. Disparos, sablazos y puñetazos, todo servía para defenderse. La lucha, encarnizada al principio, agónica después, duraba ya una eternidad. Algunos habían soltado los cañones incluso, y los habían disparado contra las filas de genoveses a la carga, masacrándolos, para morir luego a manos de su propia arma al caerles encima por el vaivén del barco. Hasta Ivan Anderson, vigía de la nave, abatía soldados enemigos desde lo alto del mástil con su pistola, cargándola repetidas veces y disparando una y otra vez. Y, sin embargo, un hombre no combatía, más bien parecía intentar llegar desesperadamente a la cubierta del timonel. Cuando Edgard Apheça, el segundo al mando, alcanzó su objetivo y buscó con mirada desesperada en el timón, no encontró a la capitana. El hombre se sonrió por un segundo, dejando entrever sus sucios y desgastados dientes amarillos, pero la sonrisa le duró poco. La conocía, sabía que estaba cerca. La mala hierba no es tan fácil de arrancar como eso. Buscó por la cubierta, y preguntó a todo hombre que se encontraba con él, y estaba en condiciones de responder, pero todo el mundo estaba ocupado velando por su vida. Entonces la vio, sobre la cubierta de popa. Su furia no tenía comparación, y todo ser viviente que se le ponía cerca caía presa de su cólera. Cada espadazo acababa con la vida de un genovés, y no les daba tregua a seguir avanzando.

Un hombre alto, más uniformado que el resto, surgió de entre los soldados ante la capitana. Tenía galones de almirante, y avanzó espada en mano, cargando contra la pirata, que sonrió maliciosamente esperando el choque del acero contra el suyo. Sonnenschein desvió la estocada con una ágil finta, dejando al almirante de espaldas a ella, y con un rápido movimiento extrajo su pistola de la pistolera que guardaba en el cinturón, y apuntó a su engalonado rival. Siempre llevaba la pistola cargada de antes de la batalla, no le gustaban las sorpresas, y quería estar preparada para sorprender a la misma muerte si era necesario. Apretó el gatillo, y la pólvora del mecanismo explotó con una pequeña nube de humo. Había errado el tiro. Un soldado genovés había apartado al pistola, levantándola, y el disparo había acabado impactando contra uno de los mástiles. Sin inmutarse, la capitana bajó violentamente la mano con la que sujetaba la pistola, golpeando al soldado en la cabeza, y clavó hasta la guarda la espada en el abdomen del mismo, para dejarlo caer al suelo retorciéndose de dolor. El paso de la mujer se aceleró al lanzar el siguiente espadazo a su rival, que ya la esperaba levantado y con actitud defensiva. Sus miradas se cruzaron. El odio bullía en los ojos de aquel hombre. En la de ella sólo la furia asesina que la impulsaba. Ambos corrieron para encontrarse, pero una gran ola hizo zozobrar a la "Sturmtochter", y los dos cayeron al suelo. El hombre se revolvió sobre las tablas, logrando ponerse sobre la capitana. Sus manos se aferraron al cuello de la mujer, y comenzaron a apretar con fuerza, para soltarlo violentamente mientras el almirante profería maldiciones. Jarvia había atravesado su espalda con un viejo puñal que guardaba en su bota. Se levantó y guardó con gesto burlón la daga. Volvió a recoger su espada y se lanzó contra el hombre, que la esquivó, cortando el aire con el filo de su arma, que alcanzó a la capitana en el ojo izquierdo.

La mujer cayó de bruces contra la barandilla de la cubierta de la nave, y notó como alguien volvía a apresarla por el cuello. El almirante estaba otra vez en frente suyo, asfixiándola, y los trucos empezaban a acabársele. El hombre era más fuerte y había demostrado ser un rival excepcional. Con gran esfuerzo llevó la mano hacía su segunda pistola, la sacó, y disparó contra el oficial alcanzándole en la pierna a causa de bamboleo del barco y del ataque de su contrincante. Aunque una mueca de dolor nació en el gesto del hombre y la fuerza de la presa bajó durante un suspiro, esto no pareció amilanarlo, porque continuó apretando sobre su fino y elegante cuello. Comenzó a sentir un ligero mareo, pronto desfallecería y podrían hacer con ella lo que quisieran. Lo más seguro fuera que la entregasen a las autoridades, y acabasen colgándola por sus crímenes. Incluso podrían matarla allí mismo, o ser antes el divertimento de toda la tripulación de la nave de guerra. No le importaba, al fin harían con ella lo que no podía hacerse ella sola. Pero sus devaneos se disiparon junto a la fuerza de las manos del que iba a ser su asesino. Un sable atravesaba al almirante desde la espalda, y allí podía verse a Edgard, sonriente mientras lo sacaba y arrojaba a un lado el cadáver. Sonrió ella también, la había salvado, y se lo agradecía, pero entonces él cambió su expresión, e imitó al yaciente almirante genovés.

- Capitana Sonnenschein, el infierno reclama vuestro nombre a voces, ¿no lo oís? De modo que os ayudaré a acudir a la cita que tenéis ante el trono de Lucifer. Saludadlo de mi parte cuando vuestra alma sea pasto de los demonios del abismo.-

Le susurró al oído el segundo de abordo con voz silibina. Luego al sujetó con fuerza, y la levantó en el aire.

- Ed... gard... bast...- Exhaló Jarvia mientras notaba que el aire le faltaba cada vez más.

- Ahora puedo hacer lo que llevaba tanto tiempo esperando, yo ocuparé tú lugar, pero debería darte igual, el motín era inminente. Yo te libraré de verlo y de tu vida. Auf Wiedersehen, Kapitän Sonnenschein, wir sehen einander in der Hölle...-

El segundo traidor la arrojó al mar, donde su cuerpo se perdió en la inmensidad de las olas. El cuerpo de la capitana fue abandonado a la deriva. Toda su vida había sentido como era arrastrada de aquí para allá. Nunca había sentido que su vida fuera realmente suya, sino que dependía más de lo que el mundo decidiese, y de hacia donde este quisiera bambolearla. Siempre había intentado oponerse a la resaca que la atraía más y más dentro de esa deriva. Pero al igual que ahora, luchar contra la corriente parecía imposible, incluso cuando su vida corría peligro. Las olas la arrastraban de un lado a otro, sin rumbo fijo, y el mar la absorbía y escupía continuamente, convirtiendo su existencia en una agonía. El agua salada le picaba en los ojos, y sentía un penetrante escozor en la nariz taponada por los mocos. Los oscurecidos cielos no ofrecían respuesta a plegaria alguna, ya que la tormenta continuaba sobre su cabeza, mas tampoco ella imploraba a ningún poder supremo. Para ella sólo existía la vida o la muerte según las quisieran administrar los hombres. Aún así, en ese momento, la mar era un dios. Un dios inmesericorde y cruel que la arrastraba en un devenir de agua, mareas y oleaje furiosos en un viaje sin retorno. Mas, ya a penas le importaba, tenía tantos pecados por expirar que poco trascendía comenzar su castigo viva, o tras la muerte. El final, lo mirase por donde lo mirase siempre habría sido el mismo.
La "Sturmtochter" era un diminuto punto en el fin del mundo, y el otro navío una estrella ardiente en un cielo oscuro, como oscuras eran las aguas que la torturaban. Quizá no volviera a verla más... ¿Quizá? No, las posibilidades no tenían ya cabida pues la muerte era lo único que podía esperar. Los años que había pasado manchando las aguas con la sangre de tantos iba a pagarlos con la suya propia. Los lavaría con ella. Pero irónicamente seguía viva, aunque ya sin fuerzas. Poco a poco perdía el conocimiento, abandonándose a un destino inexistente. Finalmente cayó en el sueño que da la falta de consciencia y durmió en lo que fue una pesada pesadilla plagada de miedos y caras conocidas, para despertar en una playa fría, de noche, completamente empapada y llena de algas.

Parecía ser que ni el mar quería ya su cuerpo, ni su venganza. Quizá no le interesase mancharse con la sangre de una asesina. Quizá no quería mancharse con los pecados de Jarvia Sonnenschein. No era una segunda oportunidad para obtener la redención, al menos ella lo no lo vio así. El mar sabía ser sarcástico cuando le parecía, y esta vez se le antojó oportuno que continuase con su miserable existencia en el mundo. Lo vio como un castigo más que como una oportunidad y se maldijo por ello, por no haber muerto. Pero estaba demasiado agotada como para moverse o hacer algo. Durmió, y durmió de nuevo intranquila. Nunca se le debe dar una oportunidad a quien no la merece, pues este la usará para clavar el puñal de nuevo, y ese era su anhelo. Recuperaría su barco, se vengaría, y continuaría surcando las aguas como la hija de la tormenta que era, como el terror de los mares. Maldijo el nombre de Edgard Apheça y se juró que no moriría hasta verlo atravesado en su sable y haber recuperado la "Sturmtochter". Venganza... La quería y la obtendría, no importaba el precio.


Por: Átropos, aquella que corta el Hilo Vital.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Creo que ya teneís vuestro primer fan ^^. Muy buena la historia. Intentando ser muy crítico, no me gusta el discurso de Edgar antes de intentar asesinar a la capitana. Por lo demas como ya dije deberiaís publicarlo. (Empezando por enseñarle el prólogo a un redactor).

McAllus dijo...

Muy bueno, como siempre me encanta el toque que le das a tus relatos. Sigue así y cumple con lo de publicar semanalmente como me dijiste, el mundo de los blog lo agradecerá (y yo que tendré algo que leer en los ratos de descanso en el curro jeje)

Las Tres Moiras dijo...

Con el viaje que me he marcado no voy a tener a punto lo nuevo como prometí, pero tiempo al tiempo, el lunes que viene estará publicado ;)

Átropos, aquella que corta el Hilo Vital

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