Bendición

Author: Las Tres Moiras / Etiquetas: ,

El fuego aún ardía en aquel poblado de los Pirineos franceses, las llamas aún no habían dado paso a las ascuas, y la lucha aún no había finalizado. Atrincherados en la ermita del poblado resistían unos pocos soldados y muchos campesinos .No tardarían en caer.

-¿Habéis encontrado lo que habían intentado esconder?- vociferó Henryk Strzelecz, capitán de las fuerzas atacantes.

-No, este pueblo es tan pobre como aparenta y este año una gran sequía se ha extendido por la región.- respondió Karl Metzger, su lugarteniente.

- ¡Tomad cualquier cosa que se pueda comer y lo demás... reducidlo a cenizas!- ordenó Henryk- ¡Preparad un tronco, las puertas de la iglesia han de caer!

Dentro los campesinos rezaban guiados por un sacerdote al que el ataque había encontrado en el lugar. Los niños lloraban y sus madres intentaban calmarlos sin fortuna pues ellas también prorrumpían en llantos. Todos oraban para que Dios acabase con aquellos desalmados que les habían robado la pobre cosecha, incendiado su aldea y tenían intención de asesinar a hombres y niños; las mujeres seguramente servirían de entretenimiento a la tropa antes de ser asesinadas.
Los gritos, el llanto y los rezos del sacerdote aumentaron de intensidad cuando la puerta comenzó a ceder entre crujidos. Los últimos soldados que quedaban en la ermita intentaron impedir que se abriese, pero no pudieron aguantar el embate de aquellos demonios sanguinarios. Intentaron defenderse con sus viejas espadas mas no soportaron la descarga de pistolas que sucedió a la apertura de la puerta.

La marea de atacantes entró en tromba al sagrado recinto que en cuestión de segundos vio su santidad manchada por la sangre de aquellos aldeanos, el llanto se ahogó y los rezos cesaron cuando el sacerdote, que balbuceaba ininteligibles frases acerca de la santidad del lugar y de la perdición de las almas de los que la profanasen, fue llevado a la fuerza ante Henryk.

-¿Y bien... qué tenemos aquí? - preguntó despectivamente, con los ojos clavados en el sacerdote y los dedos tamborileando sobre el filo del hacha que le colgaba del cinto. - Un enviado del Señor... eres oportuno. ¿Sabes cuál es la razón de que lo seas?

-N...n...n...no, se... señor. - Balbuceó con una voz apenas audible.

Henryk se inclinó hasta quedar situado a la misma altura de la oreja del sacerdote y le susurró al oído.

-Padre, he pecado, necesito confesión. - y retirándose alzó la voz - Confieso ... que en mi opinión,vuestra misión ha terminado en este lugar. -

Hizo una pausa, observó detenidamente el efecto que causaban sus palabras, risas entre sus hombres y pánico en el religioso, cuando hubo terminado su inspección prosiguió.

-Ha terminado y como soy un hombre generoso te voy a otorgar a ti , pastor sin rebaño, el secreto para escuchar clara la voz del Señor... es necesario no escuchar lo terreno, por lo tanto tus orejas no son útiles...- Dijo mientras esbozaba una sonrisa que helaba la sangre. - ¿Y para qué sirve escuchar a Dios cuando no puede hablar a través de ti? Una lengua humana que corrompa la Verdad no es otra cosa que un pecado... ha de ser extirpado. -

El sacerdote comenzó a sollozar incrementando en gran manera las risas y mofas de la tropa. Henryk alzó la mano para pedir silencio y continuó con su discurso.

-Pero sin duda la más grande bendición entre todas es ver el rostro de Dios, pero has de apartar la vista de este mundo hediondo y putrefacto , has de tener la vista limpia. - De improviso prorrumpió en una cruel carcajada. - ¿Qué vista puede ser más limpia que la un ciego?

Ante la atónita, aterrorizada y acuosa mirada de aquel rostro enjuto y barbilampiño realizó con los dedos índice y corazón de su mano derecha una cruz en el aire.

-Amén.

Dos hombres se llevaron a rastras al sacerdote que no paraba de gritar de horror y sollozar. Tras esto se dirigió al resto de la tropa y les arengó:

-Esta noche este pueblo nos pertenece, sentíos como se sienten los señores hoy, pues mañana partiremos al alba. -

Y se retiró en busca de su tienda, un recuerdo de otros tiempos.



Por:
Láquesis, aquella que teje el Destino

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada