El vaivén del carruaje lo mecía de un lado a otro y lo adormecía en el asiento que ocupaba. El viaje había sido largo y tedioso, con el pánfilo de Evaristo, su ayudante de cámara, continuamente hablando de negocios, y la quejicosa Eduarda comentando uno a uno los pormenores en cada jornada. Habían tardado mucho en llegar a su destino, pero el contorno de Barcelona se vislumbraba en el horizonte, ya lánguido con el atardecer nuboso. Eduarda comentaba lo caluroso del día y la humedad del ambiente de forma inacabable. Era meritorio el que una sola persona fuera capaz de repetir el mismo concepto de tantas formas diferentes. De no haber sido porque era una gran enfermera y amiga ya la habría mandado lejos de su vista haría mucho tiempo. Se le estaba levantando dolor de cabeza, y la verborrea incontrolable de Evaristo tan sólo lograba incrementarla. ¿Cómo podía hablar de cifras con esa pasión? Él ya empezaba a aburrirse de aquella vida. De aquella y de todas las posibles. Tendría que esperar al día siguiente para poder rematar el negocio que se traía entre manos y, por tanto, aún no podría relajar su mente en las playas de Barcelona, pues a esas horas no era menester ir al puerto. Aquellas playas... Las odiaba tanto... Tanto como cada día anhelaba contemplarlo. Cuna y tumba de sus pasiones. Principio y fin de todos su deseos. De sus anhelos. Sus dedos, ancianos y nudosos, acariciaban una y otra vez el colgante con forma de concha que pendía de su cuello. "Para mi adorada Christine" rezaba la inscripción del colgante junto a una gran perla engarzada en el mismo. Christine... Sus dedos pasaban temblorosos y apasionados cada vez que palpaban el nombre de la inscripción de la concha de oro, y de vez en cuando un suspiro escapaba de sus labios, al cual no parecían hacer caso ambos acompañantes.
- Es una lástima como se han encarecido las espadas toledanas en los últimos años. No sé como se les ocurre. A este paso serán tan caras que acabarán siendo más un capricho de nobles que armamento para los ejércitos europeos.-
- ¡Oh! Evaristo, que más dará. No nos hemos estancado en la venta de "toledanas". Recuerda que exportamos e importamos muchas otras cosas. El que la "Casa Cepeda" sea una reputada armería no significa que no hayamos sido capaces de darle más salidas de las que ya teníamos.-
- Ya, pero Señor, no será lo mismo si acabamos relegados a mero coleccionismo. Tenemos una imagen que dar.-
El hombre continuó su insípida verborrea acerca de los negocios. El mercader miró a través de la ventana del carruaje y contempló el paisaje de los aledaños de Barcelona. Lo aburría aquella ciudad, y lo desesperaba. Una ciudad tan grande... No sabía como la gente podía realmente querer vivir en tales aglomeraciones. A lo lejos, en el horizonte, el rojo del atardecer iba poco a poco siendo ganado por el negro y el gris. Algo recordaba haber oído de una enorme tormenta que se acercaba a las costas catalanas. Eso ponía en peligro su negocio, pero tampoco le importaba retrasarlo unos días. Los destinatarios preferirían ver retrasado un día o dos el envío antes que perderlos en el fondo del mar. De pronto se descubrió a si mismo pensativo, con la mirada clavada en un horizonte, cada vez más y más nuboso. Le pareció extraño no estar pensando en Christine y haber vuelto a pensar en su negocio con aquella preocupación de padre. Christine... ¿Por qué? ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué me abandonaste? La voz de Evaristo lo extrajo de su sopor, al cual aún se aferraba, ya que vislumbró la preocupación de su señor al mirar la naciente tempestad.
Don Antonio, el viento no amaina. La tormenta parece ir a más. Si sigue así quizá sería mejor retrasar el envío. - Comentó el ayudante mirando a Barcelona. Lo cierto era que la tempestad aún no habría alcanzado las costas catalanas, y todo estaba en relativa calma, pero poco a poco se iba acercando y sus efectos se notaban. Poco pareció importarle al hombre el comentario de su asesor, y continuó mesando el colgante dejando escapar un leve suspiro. - Bah...-
- ¿Lo decís en serio Evaristo? Espero no llueva cuando lleguemos, no desearía mojarme el vestido, es nuevo. No costó poco, no tengo ganas de que el agua lo estropeé. Ya me lo advirtieron, que no lo usase donde hubiese humedad. Tonta de mí...-
- No se preocupe mujer, nos dejarán en la puerta del hospedaje. No se mojará ni un ápice. Yo mismo me encargaré de ello. - Comentó con una enorme sonrisa el ayudante de don Antonio, a la que acompañó con una ligera inclinación de cabeza. La mujer, sonrojada, cerró involuntaria y rápidamente el ojo derecho. Desde hacía años le acompañaba ese tic, que se revelaba cuando la mujer se sentía incómoda o nerviosa. - Gra... Gracias caballero. Muy amable. ¿¡Lo ve usted?! Eso es un caballero. Si ya me lo decía mi tía, que en paz descanse...-
Las palabras de la mujer y del hombre se fueron apagando en su cabeza lentamente. El dichoso bamboleo del carruaje, el continuo repiquetear de los cascos de los caballos, el soberano aburrimiento que le producía aguantar la cháchara insulsa de aquellos dos... El mundo se había confabulado para adormecerlo. Continuaba acariciando el colgante que pendía de su cuello sin percatarse. Finalmente un potente resplandor iluminó el horizonte, y no tardó en llegar la voz profunda y potente del trueno. La enfermera dejó de hablar para dar un respingo en el asiento, despertando las risas del ayudante. La modorra lo estaba venciendo, y acabó abandonándose al sueño. Siempre sería mejor eso que aguantar al par de pesados que lo acompañaban sin remisión.
El viejo mercader entreabrió los ojos con esfuerzo. Parecía que esperaban a que se adormeciera para importunarlo. Al principio no reconoció al metomentodo que lo despertaba, pero poco a poco comenzó a vislumbrar la figura de un hombre empapado bajo una lluvia torrencial. Era su maldito ayudante. El mercader se levantó con ímpetu del asiento del carruaje y plantó los pies en el suelo empapado. Apartó el paraguas que le ofrecían, y enfurruñado avanzó hacia la entrada del edificio. Abrió la puerta casi de un puntapié, y penetró en el recibidor airadamente. Allí esperaba su enfermera, que prefirió no decir nada al ver la cara de enfado que llevaba el mercader. Don Antonio se acercó al mostrador, donde esperaba un hombre de mediana edad ataviado elegantemente, y que esperaba con una media sonrisa el envite del mercader.
- Don Antonio... Señor. Despierte, señor. Hemos llegado al hospedaje.-
El viejo mercader entreabrió los ojos con esfuerzo. Parecía que esperaban a que se adormeciera para importunarlo. Al principio no reconoció al metomentodo que lo despertaba, pero poco a poco comenzó a vislumbrar la figura de un hombre empapado bajo una lluvia torrencial. Era su maldito ayudante. El mercader se levantó con ímpetu del asiento del carruaje y plantó los pies en el suelo empapado. Apartó el paraguas que le ofrecían, y enfurruñado avanzó hacia la entrada del edificio. Abrió la puerta casi de un puntapié, y penetró en el recibidor airadamente. Allí esperaba su enfermera, que prefirió no decir nada al ver la cara de enfado que llevaba el mercader. Don Antonio se acercó al mostrador, donde esperaba un hombre de mediana edad ataviado elegantemente, y que esperaba con una media sonrisa el envite del mercader.
- Tenemos reservadas tres habitaciones.- Le espetó al recepcionista secamente, sin mirarlo a penas. Sus dedos martilleaban contra el mostrador, impacientes, mientras con la otra mano mesaba su escueta y recortada barba, esperando respuesta.
- Sí, no sé preocupe, ya han subido el equipaje. Aquel hombre tiene las llaves. Que disfruten de su estancia.
- ¡Sí me preocupo, sí! Si no me preocupase yo... No se puede contar con este atajo de incompetentes...- El anciano recogió la llave que su ayudante le ofrecía, y comenzó a subir las escaleras, renqueante, y refunfuñando palabras ininteligibles, dejando a todos los presentes en el descansillo completamente desconcertados.
- ¿Qué le pasará a este hombre?¡Qué mal despertar, por los cielos! Primero todo el viaje. Tan callado, tan adormilado... ¡Y ahora este arranque de ira sin sentido!-
- Sí, no sé preocupe, ya han subido el equipaje. Aquel hombre tiene las llaves. Que disfruten de su estancia.
- ¡Sí me preocupo, sí! Si no me preocupase yo... No se puede contar con este atajo de incompetentes...- El anciano recogió la llave que su ayudante le ofrecía, y comenzó a subir las escaleras, renqueante, y refunfuñando palabras ininteligibles, dejando a todos los presentes en el descansillo completamente desconcertados.
- ¿Qué le pasará a este hombre?¡Qué mal despertar, por los cielos! Primero todo el viaje. Tan callado, tan adormilado... ¡Y ahora este arranque de ira sin sentido!-
- Se nota que es su primer viaje con el señor a Barcelona. La ciudad no le gusta especialmente, ni ahora ni nunca. De hecho, la odia. Además, se pone nostálgico siempre que viene.- El ayudante colocó gesto de resignación y levantó los hombros con desazón. La mujer entreabrió la boca y dejó escapar una palabra que casi fue un suspiro. - Ella...-
Él asintió. Ella bajó la cabeza mientras negaba al aire. Ambos, en silencio, subieron a sus respectivas habitaciones, donde ya les esperaba su equipaje. Al pasar delante de la puerta del señor, Elvira golpeó en la puerta, pero no obtuvo respuesta alguna. Tan sólo un silencio desvastador, roto eventualmente por los truenos y por el fuerte aguacero que caía sobre la ciudad. Comparado con el escándalo que don Antonio había montado hacía escasos momentos, resultaba extraño. Vacío. De modo que Elvira, resignada, dio media vuelta y se metió en su habitación para descansar. El viaje había sido largo, y todos lo necesitaban. Aunque dentro de la habitación de don Antonio, el hombre llorase desconsoladamente. No dormiría en toda la noche. Repetiría una y otra vez su nombre hasta que el sol hiriese el horizonte y se alzase radiante en el cielo tras la tormenta.
Por: Átropos, aquella que corta el Hilo Vital.
Por: Átropos, aquella que corta el Hilo Vital.

1 comentarios:
Me he hecho de rogar, pero tal como dije he publicado y es lunes. Disfrutadlo... O Sufridlo jajajajaja.
Átropos, aquella que corta el Hilo Vital.
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