Capítulo I - Christine... Mi Adorada Christine... (Parte Segunda)

Author: Las Tres Moiras / Etiquetas: , ,

Los párpados se le hacían ya pesados, y aunque no luchaba por mantenerlos abiertos, no era capaz de cerrarlos. Durante toda la noche la tempestad había descargado su ira sobre la tierra, como él sus frustraciones sobre la almohada. Aún tenía la cara empapada en las lágrimas derramadas durante su vigilia, salado néctar del lamento vertido por Christine. El sol serpenteaba ya por los cristales que daban a la ciudad, interrumpidos levemente por las finas gotas que permanecían aferradas a los mismos, creando pequeños destellos que morían al caer contra el quicio de las ventanas. Fuera el día nacía radiante, sin que pareciera que una tormenta hubiese acaecido. El bullicio no se dejaba notar aún, quizá fuera demasiado temprano como para que toda la ciudad hubiese despertado. El hombre se revolvió en las sábanas. Unas sábanas que él notaba que lo constreñían, que lo mantenían preso en aquella cama cárcel, sin más carcelero que él mismo. Contempló la habitación una vez más. Nada nuevo. Claro que... ¿Qué esperaba encontrar? No lo sabía, pero escudriñaba la habitación una y otra vez, y ya se la conocía entera. Quizá quisiera encontrar el sueño que nunca llegaba, o la redención que jamás obtuvo. Pero nada, la habitación estaba tan vacía como fríos eran los tonos azules de las cortinas descorridas que lo acompañaban.

Don Antonio se removió trémulo en la cama. Al fin pareció reaccionar. Sacó los pies de entre las sábanas, apoyándolos en el frío suelo. Se desarropó y levantó. Acababa de recordar que en el puerto lo esperaban un cargamento del mejor acero español y su gerente. Tenía asuntos que atender con él, detalles que ultimar y papeleos que tramitar antes de que el cargamento pudiera zarpar hacia Europa. Parecía que una repentina fuerza le hubiera dado aliento. Sus ojos brillaban de nuevo con la llama que ardía en ellos la noche anterior, como si hubiera rejuvenecido varios años de pronto. Se vistió todo lo rápido que pudo, no quería que sus dos ayudantes, ambos inoportuna compañía, lo siguieran e incordiasen con sus aburridas chácharas. No se colocó sus mejores galas, no era juicioso llamar la atención en el puerto yendo solo. Recogió algunos papeles que pudieran serle útiles, y entreabrió la puerta de su habitación con el mayor sigilo posible. El lamento ahogado de la madera inundó los pasillos del lugar, y el viejo mercader se maldijo cerrando de nuevo la misma de un portazo. Quedó parado de espaldas a la causante del ruido, y tras unos segundos en los que continuó refunfuñando y lanzando anatemas contra ella, comenzó a reírse a carcajadas.

- Antonio, eres imbécil. ¡No! ¡Un crío! realmente eres un crío que huye a hurtadillas de casa.- Dijo entre risas. Otra sonora carcajada provocó que el cuerpo del hombre golpease la puerta, y este calló de inmediato. - Mejor les dejo una nota, así podré indicarles donde deberán recogerme. No sería bueno preocuparlos.-

Sacó un papel de su cartera. Dejó anotada la dirección donde quería verlos, y la hora. La colocó sobre la almohada, y esta vez salió de la habitación con normalidad. Volvió a chirriar, pero sólo provocó una sonrisa en el rostro del anciano. Los pasillos estaban desiertos, y la penumbra era dueña de los mismos, ya que las densas cortinas permanecían recorridas, impidiendo que la luz penetrase en la estancia. Haciendo el menos ruido posible se dirigió hacia las escaleras de madera. El día anterior no había reparado en los acabados y labraduras que gastaban. Sus arrebatos de ira algún día le acarrearían algún disgusto. Descendió los peldaños mientras acariciaba los acabados de la barandilla. Llegó al amplio recibidor, donde permanecía de guardia un recepcionista, pero ya distinto del de la noche anterior. Lo saludó con un ligero gesto, e irrumpió en la calle con cara de pocos amigos. El buen humor poco había durado. Parecía que la visión de otros seres humanos le resultase corrosiva. Contempló el cielo, azul intenso y sin retazos de nube alguna. El sol brillaba aún bajo, pero sí que había gente ya por las calles ocupadas en sus quehaceres. Comenzó a caminar cojeando del pie derecho. Se negaba en rotundo a usar un bastón, eso era de ancianos y a él le quedaban aún muchos años por delante como para andar como uno de esos vejestorios que se arrastraban por las calles de su Valladolid natal. Elvira siempre lo instaba a usar uno, pero no pasaría por eso. Nunca. De modo que con paso decidido se internó en el entramado de callejuelas de Barcelona para llegar lo antes posible.



Mucho había caminado, pero al fin el olor salado del mar era perfectamente reconocible. El mercader avanzaba por el puerto afanosamente, evitando las improvisadas subastas de pescado, y los puestos ambulantes. Esquivaba a los marineros y al gentío general que se agolpaba en sus mohosas callejuelas, no le agradaba estar allí. El puerto nunca le había gustado, no es que fuera un capricho actual. Sucio, destartalado, lleno de actividad frenética, y ese penetrante olor a pescado rancio que no terminaba de salir de la ropa. Odiaba el mar, el puerto, y la Ciudad Condal. Prefería la tranquilidad de su Valladolid natal al trajín y el alboroto, pero los negocios eran los negocios. Quizá hubiera podido venir en el carruaje hasta el buque, pero prefería caminar y soportar todo aquello a anquilosarse como un mísero viejo apoltronado en un sillón. Todos se empeñaban en repetírselo, viejo y desvalido. Se sentía muy bien, a pesar de su melancolía. Porque era precisamente eso lo que lo mataba y hacía que todos empezasen a cuestionarse el que pudiera llevar sus negocios como debía hacerse, a pesar de la buena marcha de los mismos. Sin embargo, él seguía teniendo el control de la empresa que su familia había construido con tanto esfuerzo. No abandonaría a manos extrañas ni el buen nombre ni el honor de algo en lo que había depositado toda su vida, sudor y sangre.

Centrado en sus pensamientos casi ni se dio cuenta que había llegado a los malecones donde atracaban las naves. Filas y filas de barcos de todos los tamaños y formas, semejantes a ballenas varadas en la playa, permanecían allí amarrados, esperando ser liberados de sus ataduras para surcar el oleaje de nuevo. Anduvo aún otro rato más buscando el muelle donde aguardaba el suyo, una vieja nao que había contratado junto a varios mercaderes más para transportar sus mercancías a Italia. Su gerente en tierras catalanas era Andreu, un hombre de carcajada fácil, y que siempre estaba bromeando, sin importar la situación. A veces lo exasperaba, a pesar de que ya hubiera alcanzado un límite donde lo molestaba realmente todo. Sin embargo, era un trabajador fiel, y cumplía bien con su cometido, de modo que lo dejaba obrar y lo respetaba a pesar de todo. La enorme nao esperaba atracada mientras subían a su cubierta cientos de fardos, barriles y paquetes. Los velámenes del navío permanecían recogidos, y los marineros trepaban por los cabos dando los últimos toques al barco para que estuviera listo para soltar amarras. Abajo, supervisando que todo se hiciese con escrupuloso orden, un hombre cargado con unos albaranes dirigía a los mozos a gritos. El mercader se acercó y lo llamó, pero su nombre se perdió entre el griterío, así que finalmente acabó dándole un puntapié para captar su atención. Este se giró malhumorado, pero el gesto se tornó en una sonora carcajada al descubrir quien era. Se cruzaron varios saludos, los del gerente más efusivos que los de su patrón.

Allí en medio del puerto tan sólo eran dos figuras, monótonas y lánguidas, dentro del denso ajetreo. Permanecían charlando en las cercanías de los bloques de mercancías que iban destinados a la nao. Andreu, que era alto y desgarbado, llevaba sus papelajos en las manos, roídos y desgastados del uso, el ajetreo y la humedad a los que eran sometidos. El hombre vestía de buenas maneras, a diferencia de toda la pobreza y suciedad de los marineros y demás gentes que frecuentaban el puerto, y portaba una densa y arreglada barba. Su figura contrastaba con la del mercader, de mirada perdida, aunque a ratos volvía en si para increpar o hablar acaloradamente. Se mesaba distraídamente su perilla mientras aparentaba ignorar al gerente, que le comentaba todos los pormenores y eventualidades del cargamento y de la impresionante nao.

-El cargamento pronto estará a bordo. Las almacenaremos en la bodega. He hablado con el capitán, y todo estará listo para esta tarde.- El hombre hizo una pequeña pausa para coger aire. -También he hablado con los gerentes de sus socios en este viaje, y el cargamento está ya a bordo, sólo faltamos nosotros. Como es lógico me he encargado de enviar noticias a nuestro comprador, y le he comunicado las fechas acordadas. Lo tengo todo bajo control. - Comentó con cara de orgullo. -No hacía falta que viniera. También les hemos puesto etiquetas... Senyor, ¿me está escuchando lo que digo? -

Andreu frunció el ceño y carraspeó. No quería importunar al hombre, pero era necesario que todo estuviera en orden antes de que el barco zarpase.

-¿Senyor? Se... ¡Senyor Antonio! -

-La tormenta de ayer debió ser monumental. Demos gracias a los Cielos que transcurriera mar adentro, o podríamos haber perdido la mitad de la flota. - Dijo el mercader como saliendo de una ensoñación, aunque aún parecía seguir ensimismado. Pareciera que quisiera salir del aburrido mundo de los negocios y el tiempo fuera lo primero que le viniera a la cabeza para lograrlo.

-No exageréis senyor, nuestros navíos son resistentes. Hace falta algo más que unas pequeñas olas para derribarlas. -

Andreu, escurrido de rasgos y bastante alto soltó una risotada que pareció molestar a su jefe. Este se mesó la ligera perilla que lucía, meditabundo, con un pulso que oscilaba más de lo normal. De pronto pareció salir de sus cábalas, y agitando la mano airadamente respondió.

-Querido Andreu... ¡Sois tan impertinente como siempre! El caso es llevar la contraria a este viejo comerciante. Si todos pensásemos con su optimismo, quizá la gran mayoría de mis cargamentos yacerían en el mar, ¡tal como vuestro propio sentido común hace en estos momentos! -

Andreu volvió a reír. Siempre le había resultado graciosa la gran preocupación y dedicación que ese pequeño hombre ponía en todo lo que emprendía. Aunque desde su desgraciada pérdida se había vuelto más precavido y más obsesivo, si cabía.

-Pero senyor Antonio, ya sabe que... -

-¡No seas inoportuno! Y habla con los mercenarios del "L'Alba Vermella", que estén atentos. Me han comentado que a pesar de la tempestad se avistaron navíos piratas. ¡Y no me repliques! Que nos conocemos Andreu, que nos conocemos... -

-Sí, senyor Antonio. Com vosté mani. -

Al mercader castellano no le hizo ninguna gracia el sarcasmo y miró de soslayo al capataz catalán mientras se marchaba a dar instrucciones a los hombres. Era un mequetrefe impertinente que no sabía mantener la boca cerrada, pero trabajaba bien. Aunque le cayera bien debía hacerse respetar. No era menester que ningún empleaducho lo tomase a broma, o todos le perderían el respeto que se había forjado tras años de laborioso trabajo. No era uno de los mayores exportadores de espadas toledanas al mundo en balde, y sus negocios no se quedaban estancados ahí. Rutas comerciales con Portugal, Francia... Pero los negocios por mar le habían gustados siempre más, incluso a pesar de su animadversión por el océano. Su mente divagaba, ya era mayor como para seguir haciendo el largo viaje desde Valladolid hasta Barcelona, pero quería dar un paseo por la playa una vez más, antes de que su cuerpo le impidiese definitivamente poder hacerlo. Andreu no tardó en regresar de dar las órdenes pertinentes que su patrón le había ordenado dar. Don Antonio lo miró complacido, así se había dado a respetar delante de los subalternos y de la plebe, volvía a tener el dominio sobre las circunstancias. Miró a su gerente con ojos sarcásticos y soltó una gran carcajada. Aún tenía mucho de qué tratar con el hombre antes de irse a contemplar el mar.


Por: Átropos, aquella que corta el Hilo Vital.

1 comentarios:

Las Tres Moiras dijo...

Con los exámenes no he tenido mucho tiempo, pero aquí dejo la continuación del primer capítulo.

Disfrutadlo... O Sufridlo jajajajaja.

Átropos, aquella que corta el Hilo Vital.

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