"El solo inicial es impresionante, ¿verdad Viejo? Sí, siempre te ha gustado esta canción, a pesar de que te pone melancólico. Siempre te repites la misma estrofa en la cabeza. "
"So live for today
Tomorrow never comes"
Tomorrow never comes"
"Y siempre te sonríes. Desgraciadamente el mañana siempre llega. Y desgraciadamente es día tras día. Año tras año. Siglo tras siglo. Vida tras vida. ¿Cuántas eternidades van ya, Viejo? ¡Bah! Que los humanos se molesten en contártelas. Ya tienes tú bastante con sufrirlas. ¡Ah! ¿Y te sonríes encima? Chiflado... Oh, vaya, ahora viene lo mejor. "
"Die young, young!
Die young, die young!
Die young, die young, young!
Die young, die young, die young, die young, die young!!"
Die young, die young!
Die young, die young, young!
Die young, die young, die young, die young, die young!!"
"Siempre haces igual. Te emocionas y canturreas esa estrofa. Hasta se te llega a escapar una lágrima. Quien te ha visto y quien te ve, Viejo... Te despreciaría, pero sería estúpido despreciarte siendo tú yo mismo. Anda, anda, desconecta ese trasto. Escucha la calle, que vas a acabar debajo de las ruedas de un coche. Y si al menos eso pusiera fin a este discurso que te estás echando... ¡Pero no! Para mayor INRI sólo darías el espectáculo. Que ya tienes una edad... No es como antaño. Por suerte o desgracia, Viejo, no, no es como antaño... "
El hombre, ya mayor, continuaba su marcha por las calles de aquella ciudad. Lo cierto era que, a pesar de su edad, imponía bastante. Medía el metro ochenta y cinco, y cubría su cuerpo con una larga gabardina de corte militar color caqui hasta los pies. Calzaba un amplio número en unas botas macizas negras, y daba grandes zancadas mientras caminaba valiéndose de una vara típica de ciego. Su mano se acercó sin dudar hacia el aparato, y desconectó el sonido. Sin dejar de comprobar una y otra vez el camino en busca de obstáculos, se retiró los auriculares de los oídos, apartando su cabello y dejando ver el grueso aro plateado que pendía de su lóbulo. El pelo, largo y níveo, eclipsaba parte de su cara, cubiertas por unas gafas de sol que no dejaban ver sus ojos. Mas, a pesar de las gafas, de la edad, y de ser ciego, parecía que te mirase. Más allá de mirarte, parecía que su mirada te atravesara el alma de lado a lado.
Mascullaba palabras que nadie entendía. Por mucho que te esforzases en escucharlas, nunca entendías que decía exactamente. Murmuraba siempre, sin importarle compañías o soledades. Pero el significado de aquellos mascullos jamás quedaba claro, era como si hablara otra lengua. una lengua que nadie comprendía. Aún así, su rostro, pétreo, arrugado no en exceso, y sin expresar ninguna emoción, se movía a penas según los labios se contorsionaban al compás de las palabras que entre dientes rumiaba. El resto de su vestimenta era completamente negra. No vestía formal, pantalones de cuero negro y una camiseta donde rezaba "DIO" y "Holy Diver", dejando ver a un inmenso demonio negro tras unas montañas que, agarrando una cadena en el aire, acaba de lanzar a un sacerdote encadenado al mar, con un cielo en el ocaso. Las numerosas cadenas que portaba tintineaban a su paso enérgico.
Cruzó el semáforo en verde, que ya parpadeaba amenazando cerrarse, y continuó girando en la esquina. Para cualquiera que lo observase durante un segundo le resultaría extraño un ciego tan resuelto. Ni para un invidente que se conociese las calles al dedillo resultaría tan fácil. No. Era como si, a pesar de no ver, presintiese cada obstáculo. Como si realmente pudiera ver por donde caminaba. Pero lo cierto era que estaba privado de vista. No veía nada de nada. De pronto paró en seco, como si algo lo hubiera atrapado. Quedó allí, de pie, sin hacer ningún movimiento con el cuerpo, a la espera. El sonido de un fuerte beso rompió la extrañeza del momento, y una amplia y oscura sonrisa creció en la cara del anciano.
-Hola guapo. ¿Te apetece pasar un buen rato? - Dijo una voz profunda y femenina. - Se te ve muy, pero que muuuy solitario. Estoy segura de que necesitas un poco de... compañía. - La mujer realizó una pausa. Suspiró sin la esperanza de que sus palabras fueran a hacer efecto. Otra voz profunda arrancó el significado al silencio y se adueñó por completo de aquella anodina esquina. -¿Acaso no ves que tan sólo soy un pobre ciego? - Dijo el hombre sonriendo, y sin moverse ni un ápice. -¿En verdad me dejarías que te tocase? -
La mujer no pareció dar importancia a las palabras del anciano y soltó una alegre risotada mientras lo rodeaba. -No... Mientras tengáis con que pagarme e ideas para que yo las... Satisfaga. - Acompañó sus palabras abrazando por la espalda al ciego. Palpó generosamente los glúteos del hombre y, depositando un sonoro beso en la mejilla derecha del mismo, deslizó la mano lentamente por los hombros de este hasta volver a su posición. Miró socarrona al anciano invidente, apoyándose de nuevo en la pared, colocando la pierna retraída pisándola con sus zapatos de aguja, de un rojo chillón. El hombre se sonrió aún más, hasta liberar una gran carcajada, profunda y áspera. -¡Por supuesto que tengo dinero! Y mucho. Pero ahora mismo lo que no tengo es tiempo. A la noche mejor. Ven... Acércate... - Mientras, extrajo una pequeña tarjeta de su bolsillo y se la tendió a la mujer. Esta la cogió y la contempló. El anciano la sujetó de la muñeca y la retrajo contra él, colocándola de espaldas y rodeándola con los brazos. El susurro que le profirió fue abrasivo, pero no por la cálida humedad de las palabras. Fue el como las dijo. Fue el tono. Fue algo que no llegó a comprender, pero que asustaba a la vez que le resultaba cautivador. Atractivo. "Ve a esa dirección a las 11 de la noche. El dinero no será problema. Tan sólo quiero satisfacer mi sed con el fuego que expira tu alma."
La mujer se estremeció. Cruzó los brazos y los frotó con fuerza, para entrar en calor. Algo le hizo mirar al suelo. Allí estaba, debió caérsele cuando la sujetó. La tarjeta del anciano desconocido. Aquel invidente que la había agarrado tan violentamente.
Gritó girándose, pero el hombre ya no estaba allí. Volvió a estremecerse y sintió más frío aún. Se volvió y regresó a la esquina, introduciéndose en el callejón aledaño. Recogió su mochila del suelo, escondida tras un cubo de basura roñoso, y, tras varios intentos la abrió nerviosamente mientras profería insultos contra el viejo entre dientes. Sacó una pequeña chaqueta de lana de color blanco y se cubrió tiritando, gélida. Aún así, el frío seguía invadiendo su cuerpo, con sus garras atenazantes aferradas más que a su cuerpo, a su espíritu. Colocó la mochila tan sólo sobre su hombro izquierdo y avanzó temerosa hacia la calle principal, donde había tenido el encuentro con el extraño. Paró un momento. Mecánicamente extrajo un paquete de cigarros, y observó el canuto de hierbas entre sus dedos índice y corazón durante un leve instante. La mano, temblorosa, lo acercó a los lívidos labios, que lo sustentaron mientras la otra mano encendía el mechero. La mano libre protegió la tenue llama del aire liviano que corría por las calles, frío y gélido... Húmedo... Como el susurro del viejo aún atronador en su interior. Dejó que el fuego penetrase en el entramado de hierbas secas, que prendieron con rapidez, produciendo tonos rojizo anarajandos en la yesca.
Respiró un poco más aliviada, y se dejó caer, derrumbándose de espaldas sobre la pared de ladrillo. Empezó a entrar en calor muy lentamente y, aunque fuera lenta, la cálida sensación la reconfortaba. Volvió a apoyar el pie, pisando los ladrillos, en la pared, e intentó concentrarse en su trabajo. Mas nadie pasaba como para poder distraer su mente atrayendo clientes, de modo que observaba la tarjeta del ciego. Le sorprendió, pues no era capaz de retirar la vista de ella. Volvió a tomar una bocanada del humo del cigarro, que continuó su lenta combustión, consumiéndose. Aguantó la respiración unos instantes breves, y expiró el humo alzando su cabeza, quedando al descubierto su fino cuello. Cuando la bajó de nuevo volvió a mantener la mirada fija sobre la tarjeta. ¿Acaso se estaba volviendo paranoica? Si no fuera porque la maldita tarjeta permanecía allí, quieta en la acera, donde la había dejado caer, pensaría que todo había sido producto de su cruel imaginación. Un mal sueño que había tenido despierta, ya que estaba segura de estarlo gracias a las sensaciones que inundaban su cuerpo. Volvió a estremecerse ante sus turbadores reflexiones, abatió sus brazos sobre su ya cálido pecho y agachó su cabeza, ojos cerrados, en actitud meditabunda, tan sólo escuchando el silencio como dueño de aquella solitaria calle.
Disruptiva, la mujer comenzó a caminar enérgicamente, separándose violentamente de la pared de ladrillo sobre la que estaba apoyada. El vaivén de su cabello despedía tonos dorados en su rubia cabellera lisa a la luz de las farolas, dorada seda macilenta que parecía sacada de algún glorioso tapiz, para acabar coronando la cabeza de aquella mujer. Se giró repentinamente, volvió al lugar de donde había partido. Se agachó y acarició la tarjeta. Suspiró, y el vapor nació en sus labios. Cerró los ojos mientras las llamas de sus dedos recorrían el fino papel, imaginando la piel del anciano. Se ruborizó al caer en la cuenta de sus pensamientos, y se descubrió allí, agachada y excitada, acariciando aquel papel maldito. Lo recogió del suelo y lo guardó en uno de sus bolsillos apresuradamente. Volvió a retomar su camino y desapareció al girar la misma esquina por la que el ciego había aparecido en su vida.
Por: Átropos, aquella que corta el Hilo Vital.
Cruzó el semáforo en verde, que ya parpadeaba amenazando cerrarse, y continuó girando en la esquina. Para cualquiera que lo observase durante un segundo le resultaría extraño un ciego tan resuelto. Ni para un invidente que se conociese las calles al dedillo resultaría tan fácil. No. Era como si, a pesar de no ver, presintiese cada obstáculo. Como si realmente pudiera ver por donde caminaba. Pero lo cierto era que estaba privado de vista. No veía nada de nada. De pronto paró en seco, como si algo lo hubiera atrapado. Quedó allí, de pie, sin hacer ningún movimiento con el cuerpo, a la espera. El sonido de un fuerte beso rompió la extrañeza del momento, y una amplia y oscura sonrisa creció en la cara del anciano.
"¿Qué buscas, Viejo? Ahh, ya, notas ese olor, ¿verdad? Sí, huele a zorra vulgar y corriente. Vaya hallazgo has hecho, la olisqueas como si fuera la única. Esta ciudad está llena de ellas... ¡Deja ya de olisquear como un perro! En Babilonia las había iguales, sino mejores. El dulce aroma de los lupanares de Roma, de las hetairas griegas... Todo tiempo pasado fue mejor. Al menos en tu caso es una gran verdad. ¿Lo escuchas? Se mueve. El sonido de sus tacones tintineando. No le vas a decir nada, ¿no? Encima de viejo, pervertido...
Mira Viejo, te lanzan besos. No has perdido tu encanto natural de desesperado sexual. Vaya, si hasta te está hablando... Vale, vale, ya me callo, Viejo. "
-Hola guapo. ¿Te apetece pasar un buen rato? - Dijo una voz profunda y femenina. - Se te ve muy, pero que muuuy solitario. Estoy segura de que necesitas un poco de... compañía. - La mujer realizó una pausa. Suspiró sin la esperanza de que sus palabras fueran a hacer efecto. Otra voz profunda arrancó el significado al silencio y se adueñó por completo de aquella anodina esquina. -¿Acaso no ves que tan sólo soy un pobre ciego? - Dijo el hombre sonriendo, y sin moverse ni un ápice. -¿En verdad me dejarías que te tocase? -
"¿De verdad no se te ha ocurrido nada mejor, Viejo? Que vergüenza. ¿Desde cuándo el ser ciego te quita oportunidades de echar un polvo? Y menos con una puta. No es que hayas perdido facultades, es que estás completamente oxidado. Para eso quizá hubiera sido mejor callarse... Vale, vale... Te dejo obrar con tu desgracia. "
La mujer no pareció dar importancia a las palabras del anciano y soltó una alegre risotada mientras lo rodeaba. -No... Mientras tengáis con que pagarme e ideas para que yo las... Satisfaga. - Acompañó sus palabras abrazando por la espalda al ciego. Palpó generosamente los glúteos del hombre y, depositando un sonoro beso en la mejilla derecha del mismo, deslizó la mano lentamente por los hombros de este hasta volver a su posición. Miró socarrona al anciano invidente, apoyándose de nuevo en la pared, colocando la pierna retraída pisándola con sus zapatos de aguja, de un rojo chillón. El hombre se sonrió aún más, hasta liberar una gran carcajada, profunda y áspera. -¡Por supuesto que tengo dinero! Y mucho. Pero ahora mismo lo que no tengo es tiempo. A la noche mejor. Ven... Acércate... - Mientras, extrajo una pequeña tarjeta de su bolsillo y se la tendió a la mujer. Esta la cogió y la contempló. El anciano la sujetó de la muñeca y la retrajo contra él, colocándola de espaldas y rodeándola con los brazos. El susurro que le profirió fue abrasivo, pero no por la cálida humedad de las palabras. Fue el como las dijo. Fue el tono. Fue algo que no llegó a comprender, pero que asustaba a la vez que le resultaba cautivador. Atractivo. "Ve a esa dirección a las 11 de la noche. El dinero no será problema. Tan sólo quiero satisfacer mi sed con el fuego que expira tu alma."
La mujer se estremeció. Cruzó los brazos y los frotó con fuerza, para entrar en calor. Algo le hizo mirar al suelo. Allí estaba, debió caérsele cuando la sujetó. La tarjeta del anciano desconocido. Aquel invidente que la había agarrado tan violentamente.
-¡Maldito gilipollas! ¿Quién te has creído que eres, ciego de mierda? -
Gritó girándose, pero el hombre ya no estaba allí. Volvió a estremecerse y sintió más frío aún. Se volvió y regresó a la esquina, introduciéndose en el callejón aledaño. Recogió su mochila del suelo, escondida tras un cubo de basura roñoso, y, tras varios intentos la abrió nerviosamente mientras profería insultos contra el viejo entre dientes. Sacó una pequeña chaqueta de lana de color blanco y se cubrió tiritando, gélida. Aún así, el frío seguía invadiendo su cuerpo, con sus garras atenazantes aferradas más que a su cuerpo, a su espíritu. Colocó la mochila tan sólo sobre su hombro izquierdo y avanzó temerosa hacia la calle principal, donde había tenido el encuentro con el extraño. Paró un momento. Mecánicamente extrajo un paquete de cigarros, y observó el canuto de hierbas entre sus dedos índice y corazón durante un leve instante. La mano, temblorosa, lo acercó a los lívidos labios, que lo sustentaron mientras la otra mano encendía el mechero. La mano libre protegió la tenue llama del aire liviano que corría por las calles, frío y gélido... Húmedo... Como el susurro del viejo aún atronador en su interior. Dejó que el fuego penetrase en el entramado de hierbas secas, que prendieron con rapidez, produciendo tonos rojizo anarajandos en la yesca.
Respiró un poco más aliviada, y se dejó caer, derrumbándose de espaldas sobre la pared de ladrillo. Empezó a entrar en calor muy lentamente y, aunque fuera lenta, la cálida sensación la reconfortaba. Volvió a apoyar el pie, pisando los ladrillos, en la pared, e intentó concentrarse en su trabajo. Mas nadie pasaba como para poder distraer su mente atrayendo clientes, de modo que observaba la tarjeta del ciego. Le sorprendió, pues no era capaz de retirar la vista de ella. Volvió a tomar una bocanada del humo del cigarro, que continuó su lenta combustión, consumiéndose. Aguantó la respiración unos instantes breves, y expiró el humo alzando su cabeza, quedando al descubierto su fino cuello. Cuando la bajó de nuevo volvió a mantener la mirada fija sobre la tarjeta. ¿Acaso se estaba volviendo paranoica? Si no fuera porque la maldita tarjeta permanecía allí, quieta en la acera, donde la había dejado caer, pensaría que todo había sido producto de su cruel imaginación. Un mal sueño que había tenido despierta, ya que estaba segura de estarlo gracias a las sensaciones que inundaban su cuerpo. Volvió a estremecerse ante sus turbadores reflexiones, abatió sus brazos sobre su ya cálido pecho y agachó su cabeza, ojos cerrados, en actitud meditabunda, tan sólo escuchando el silencio como dueño de aquella solitaria calle.
Disruptiva, la mujer comenzó a caminar enérgicamente, separándose violentamente de la pared de ladrillo sobre la que estaba apoyada. El vaivén de su cabello despedía tonos dorados en su rubia cabellera lisa a la luz de las farolas, dorada seda macilenta que parecía sacada de algún glorioso tapiz, para acabar coronando la cabeza de aquella mujer. Se giró repentinamente, volvió al lugar de donde había partido. Se agachó y acarició la tarjeta. Suspiró, y el vapor nació en sus labios. Cerró los ojos mientras las llamas de sus dedos recorrían el fino papel, imaginando la piel del anciano. Se ruborizó al caer en la cuenta de sus pensamientos, y se descubrió allí, agachada y excitada, acariciando aquel papel maldito. Lo recogió del suelo y lo guardó en uno de sus bolsillos apresuradamente. Volvió a retomar su camino y desapareció al girar la misma esquina por la que el ciego había aparecido en su vida.
Por: Átropos, aquella que corta el Hilo Vital.

2 comentarios:
Me ha costado publicar esta entrada (llevo desde septiembre con ella en borradores y nunca me atrevía a seguir con ella). Aquí la dejo, y de paso dejo también el enlace a la canción que describe, "Die Young" de Black Sabbath:
http://www.youtube.com/watch?v=frtJQFe9apw
Y decir a cierta persona que ya no tiene el significado que en su día tuvo.
Disfrutadlo... O Sufridlo
Todo cambia, todo puede perder su significado o simplemente cambiar. Gracias por publicarlo después de tanto tiempo.
María.
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