Los rojizos tonos que el crepúsculo otorgaba al devastado poblado comenzaban a ensombrecerse. Una multitud de figuras se establecía junto a unas fogatas, en las que se daba buena cuenta de los alimentos que hasta hacía unas horas habían pertenecido a los aldeanos.
Todos los hombres festejaban su botín, excepto dos.
Henryk y su hombre de confianza, Karl Metzger, discutían en la tienda del capitán acerca del siguiente movimiento.
La tienda no era muy grande y su tela era basta. Pero en su interior existía el espacio suficiente para disponer con cierta holgura una mesa baja y a su lado un modesto catre; se encontraba situada al abrigo de unos derruidos muros, que anteriormente habían acogido en su interior el hogar de alguien, el miserable hogar de algún campesino.
-No podemos demorarnos más, hemos de huir con rapidez. – Sentenció a media voz Karl- Disponemos de poco tiempo antes de que algún batallón se ponga en nuestra persecución.
-Un día , a lo sumo dos – dijo el capitán señalando un mapa de la zona que había sido colocado sobra la pequeña mesa. - La frontera está ahí- trazó una línea imaginaria con el dedo- En estas malditas montañas se encuentra nuestra oportunidad de salir de esta con el cuerpo entero.
-De acuerdo, daré las órdenes necesarias y traeré algo del fuego- dijo el alemán cambiando a un tono más alegre- Hay que celebrar la victoria.
Dicho esto salió de la tienda dejando al polaco solo y pensativo.
Henryk mantuvo unos instantes la mirada perdida, recordando como consiguió la tienda en la que se hallaba.
Fue en una batalla, no recordaba contra quién ni a favor de quién esgrimía sus armas. Lo único que recordaba es haber obtenido aquella tienda como botín tras acabar con la vida de su dueño, un mozo imberbe y con demasiadas condecoraciones para su juventud. El joven trató de defenderse con valor y con las lecciones de esgrima que había podido su padre costearle. Valiente, pero inútil. Sus ojos, incrédulos al principio y temerosos de la inminente muerte después, perdieron el vital brillo mientras la sangre brotaba de la herida que en su pecho había dejado el disparo de la pistola que Henryk sostenía en su mano derecha, humeante. En la batalla no hay lugar para los escrúpulos. Mata o muere. Henryk sabía que era así y esa tienda le ayudaba a recordarlo.
Cuando volvió en sí, rebuscó entre sus cosas tres elementos que él consideraba un lujo, papel, tinta y pluma. Eran objetos que la mayoría de mercenarios no necesitarían en sus vidas, pero que a él le suponían una manera útil de dejar constancia de lo que acaecía en su vida.
Lentamente se dispuso a escribir, un vestigio de lo que una vez fue una vida cómoda y despreocupada.
Octubre
¡Francuski swinie! Esos malditos franceses se han negado a pagarnos alegando que ellos jamás ensuciarían su honor contratando mercenarios para sus batallas personales... cerdos hipócritas.
Quedamos vagando por la zona, los hombres no tenían alimento y tampoco la paga prometida.
Sus ánimos estaban muy caldeados y ha sido necesario abastecernos en un poblado. Los guardias se negaron a dejarnos pasar. Un desafortunado error que les habrá permitido comprobar si las palabras de su sacerdote son ciertas. Ciertamente puedo decir que ahora se halla mas cerca de Dios que de los hombres.
Tenemos que huir rápidamente, por suerte la frontera está cerca y las relaciones entre los dos países no son demasiado buenas.
Mientras terminaba de escribir esa reflexión el alemán entró en la tienda portando un plato con una pata de cordero y una jarra de cerveza, que le ofreció a Henryk.
-Toma, tienes que comer, no podemos permitirnos el perder a nuestro capitán- dijo y profirió en una profunda carcajada que hizo que se le derramase parte de la cerveza sobre su poblada barba- Barcelona es una ciudad muy rica - continuó.
-Efectivamente- asintió el polaco- sus comerciantes se han hecho de oro con el comercio mediterráneo, aunque el turco les haya dado algunos problemas.
-Y los que no son turcos, últimamente hay bastantes piratas entre Córcega y Barcelona.- informó el alemán- El oro y mercancías que transportan las goletas son muy apreciados.
-De nuevo aciertas, Karl.- volvió a asentir- Deberías haber sido comerciante y no soldado muerto de hambre. - bromeó.
-Sabes muy bien que es por esos franceses que estamos muertos de hambre.- explicó el lugarteniente.
-Demasiado bien lo sé- afirmó el capitán- ahora sólo queda cruzar la frontera y ofrecer nuestras veteranas armas al mejor postor, aunque en este caso no será como ejército sino como soldados.
-Ofrecer las armas- repitió meditabundo el lugarteniente- siempre ofrecemos las armas y acabamos hambrientos , desprestigiados y sin una maldita moneda de más.
-Somos mercenarios, de eso se trata, Metzger- le respondió Henryk- Y es nuestro modo de ganarnos el pan ¿acaso tienes una idea mejor?-preguntó.
-Barcelona es muy rica.
-Y esta carne sabe raro, debía de estar medio podrida- interrumpió- Y eso ya lo he oído antes, ¿no te habrás creído que lo de hacerte comerciante iba en serio?- dijo Henryk mientras veía como Karl Metzger paseaba por la tienda con aire distraído.
-Mi capitán, creo que no me habéis entendido bien- respondió el lugarteniente con una voz que Henryk no recordaba haberle oído nunca- La riqueza no hay porqué fabricarla, en casos como el de Barcelona simplemente hay que extender la mano y tomarla.
-¿Que insinúas, Metzger?
-Que la riqueza de Barcelona debería pertenecernos.
-Y el asiento de Roma también - respondió Henryk sarcástico-. ¿Qué cojones le han echado a la carne? Sabe a rayos- musitó distraído.
-Quién sabe - respondió esbozando una siniestra sonrisa que dejaba al descubierto los huecos en su dentadura- A lo mejor es lo que hay que hacer.
-¿Barcelona?- le cortó, tajante Henryk- ¿Quieres que ataquemos Barcelona?- meditó durante unos instantes y respondió sin vacilación.- Alguna ramera te ha pegado la sífilis y se te ha subido a la cabeza... atacar Barcelona... valiente estupidez, ¿y después qué?- inquirió- ¿Fletar un barco y atacar Estambul? O tal vez... ya sé, llegamos a las Indias y exigimos todo el oro.
-Si llegamos a Barcelona, podremos atacarla por sorpresa.
-Si llegamos todos a Barcelona tendremos una grata sorpresa, el ejército y todos guardias de la ciudad saludándonos picas en mano. Este es mi ejército y yo daré la orden de separarnos en cuanto atravesemos la frontera. Quiero mercenarios vivos no bandidos muertos - concluyó y dio un trago a la cerveza.
-Está bien... de acuerdo... ¿y si tu vida dependiese de ello?- dijo en un susurro, malévolo y frío.
-¡Si mi vida dependiese de ello no mandaría a la muerte a mis hombres!- vociferó Henryk.
-Aún queda honor en el mercenario despiadado, terror de pueblos y aldeas, ladrón de pobres, violador de muchachas- Karl Metzger se deleitaba con cada palabra- ...asesino de indefensos.
-Sabes que eso es la guerra Karl. Deja ya de decir gilipolleces y vete a dormir, que mañana nos espera un día duro.
Henryk se sentía raro, la comida le había dejado un regusto amargo. Su cuerpo le pesaba y sentía como, sin motivo alguno, su vista se nublaba durante unos segundos.
-¿Algún problema, mi capitán?- preguntó el lugarteniente.
-Ninguno, me ha debido sentar mal la comida- respondió, cuando sintió un fuerte dolor en el que le hizo llevarse las manos al vientre.
-¿Estáis seguro de no os pasa nada , mi capitán?- volvió a preguntar el alemán.
El sudor recorría el rostro del polaco mientras intentaba responder.
-No... me... pasa... na...da...- alcanzó a decir entre resuellos.
-Tenéis mala cara, ¿os pasa algo, mi capitán?- preguntó de nuevo Karl, usando un tono de voz muy zalamero.
En efecto, la cara de Henryk había tomado un color ceniciento que acentuaba todos los surcos y cicatrices de su rostro, otorgándole a su rostro un aspecto mortecino, casi cadavérico. El capitán Strzelec alcanzó a notar como sus sentidos comenzaban a embotarse. Alcanzó a sentir como el dolor y sus pensamientos se hundían, plácidamente, en la inconsciencia.
Cuando volvió en sí el silencio y la oscuridad le rodeaban. Durante unos instantes no alcanzó a ver nada, pero lentamente sus ojos se fueron habituando a la penumbra, dotando de forma y pardo color a lo que al principio solo eran manchas difusas.
Una de esas formas se reveló como el alemán Karl Metzger que, sentado en un taburete, jugueteaba distraídamente con una daga. El lugarteniente sonrió al darse cuenta de la consciencia de Henryk, esbozó una malévola mueca y se dirigió hacia él.
-Veo que habéis recuperado la compostura, mi capitán- dijo Metzger, sin dejar de sonreír.
-Así es, ese maldito asado ha debido de sentarme muy mal- respondió el capitán Strzelec.
-¿Estáis seguro de que ha sido el asado?- preguntó, sibilante, el lugarteniente.
-Si no que podría ser-afirmó el polaco- no creo que hubiese enemigo alguno en leguas a la redonda.
Henryk se levantó del suelo y se sentó en su modesto catre mientras veía como el rostro del alemán se deformaba en una mueca cínica y grotesca, aunque no alcanzaba a comprender el porqué de esa expresión. La respuesta le vino desde aquella mueca.
-Oh, mi capitán.... eres demasiado confiado- dijo su lugarteniente- aunque aún te queda tiempo para recapacitar.
-¿Tiempo... recapacitar... para qué y en qué?- preguntó sorprendido y extrañado Henryk.
-Tiempo para seguir vivo y salvaros de vuestra infinita... estupidez- respondió, altivo, Metzger mientras sacaba de entre sus ropas una redoma de cristal y continuó hablando- Henryk, el asado era delicioso y la cerveza ... embriagaba como todas- profirió una carcajada y retomó el hilo de sus palabras- Capitán Strzelec, te ofrezco la posibilidad de seguir siendo capitán y ... sobre todo de ... seguir respirando.
-¿Y qué quieres, Metzger?
-¡Excelente!- exclamó Karl Metzger, adquiriendo una sonrisa triunfal- Veo que la ponzoña aún no ha nublado tu sentido común. Lo que quiero es simple. Quiero atacar Barcelona, y te ofrezco la oportunidad de ser el capitán de la tropa.
-¿Nada más?
Karl Metzger mostró una sonrisa viperina y dijo:
-Bueno, la verdad es que hay un nimio detalle... tu sólo serás un pelele, una marioneta que seguirá todas mis indicaciones... pero al menos tu corazón seguirá latiendo.
-¿Es esa tu oferta?- inquirió Henryk, y sin dar tiempo a responder al conspirador continuó- Si es esa tu oferta- hizo una pausa y dio un pesado suspiro- ...la rechazo de plano.
Karl Metzger no había perdido su sonrisa durante la respuesta de Henryk y exageró aún más el gesto antes de volver a hablar.
-Veo que has elegido la muerte- sentenció el traidor- Sigues jugando al honorable guerrero.
-Aún me queda suficiente para no mandar a mis hombres al suicidio- respondió Henryk.
Ante esta respuesta Metzger profirió una carcajada.
-No importa que mueran si lo hacen para mi gloria.
Estas palabras hicieron que el capitán se levantase de su catre.
-¡Hijo de ratas, no permitiré que te lleves a mis hombres!- gritó airado- Salgamos fuera y batámonos en duelo, a la vista de todos los hombres.
Y sin esperar contestación alguna hizo amago de dirigirse hacia la salida de su tienda, pero sus intenciones se vieron truncadas por una punzada de dolor que le hizo quedar tendido de nuevo en el suelo de la tienda.
-Parece que tu ocasión de rendir cuentas con el Altísimo se acerca.
-El Altísimo podrá esperar a que te despedace- respondió , entre bufidos, Henryk que trataba de ponerse en pie.
-Esperaré aquí mismo- respondió Metzger sin dejar de exhibir una sonrisa.
Henryk trataba de ponerse en pie, pero todos sus intentos eran infructuosos. Sus pies no querían sostenerle y sus brazos se negaban a soportar el esfuerzo. Esto hacía que la sonrisa del traidor se le clavase en los ojos.
El alemán era una rata, pero una rata victoriosa que sabía que en aquella situación lo tenía a su merced y que cualquier amenaza que dijese sería acogida como el intento de salvar el orgullo de un moribundo. Pensó que había llegado su hora. Sin duda su cuerpo no aguantaría mucho tiempo los dolores y las fiebres en las que el veneno le había sumergido.
Sin esperanza alguna se dirigió hacia el alemán, esperando que conservase una pizca de honor, para pedir la muerte del guerrero.
-Metzger, si aún... aún guardas ... guar...das algo de tu.... tu honor- dijo con dificultad- ¡Mátame y siente el peso de tus actos!
Metzger parecía impresionado por las palabras de su víctima y de su cara se borró la sonrisa. Miró la daga que desde hacía rato permanecía en su mano izquierda y se inclinó lentamente sobre Henryk.
-Quizá sea buena idea asegurarme de tu muerte- dijo.
Henryk sentía su pulso, como se aceleraba ante la inminencia del fin, y no pensó en nada. Esperaba sentir el frío del acero en su cuerpo en cualquier instante. Karl Metzger ya alzaba su daga para apuñalar su cuello. La daga comenzaba su letal descenso.
Esperó unos instantes, pero sin embargo los únicos dolores que sentía eran los producidos por la ponzoña. Volvió a mirar y sus ojos descubrieron el motivo de la ausencia del frío metálico.
Metzger había vuelto a esbozar su victoriosa y viperina sonrisa.
-Henryk, creo que lo que me pides está fuera de tu alcance- dijo Metzger sin dejar de sonreír-. Tu estupidez impide que mueras como un soldado.No quiero que el futuro digan que el capitán Strzelec fue apuñalado, quiero que en el futuro se diga que el capitán Metzger condujo a su tropa a la gloria tras tomar el mando vacante. Que por supuesto dejó el capitán Strzelec dejó al morir, preso de unas terribles fiebres.
-Maldito hijo de puta, buscaré el modo de que la tierra se abra a tus pies y que te arrastren al infierno todos los demonios -maldijo Henryk, con sus últimas fuerzas.
-Así tendré lumbre por las noches- se volvió a carcajear el alemán- Mañana ya habrás muerto y yo marcharé hacia una Barcelona repleta de riquezas y tesoros. Como dirían en Polonia... do widrzenia, moj kapitan.
El traidor salió de la tienda en silencio, dejando en el suelo a Henryk.
El hombre notó como los dolores aumentaban y sus fuerzas le dejaban, para sumirlo en una oscuridad de la que seguramente no regresaría.
Por Láquesis, aquella que teje el destino.

2 comentarios:
Aquí llega la siguiente parte de la historia de Henryk, tras mucho tiempo. Comentad, que no muerde y es gratis.
Láquesis, aquella que teje el destino.
Me quedo con esta frase: "Maldito hijo de puta, buscaré el modo de que la tierra se abra a tus pies y que te arrastren al infierno todos los demonios."
Me ha gustado, enano.
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